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El derecho de los libros de papel

Hay una ironía oscura en el modo en que la tecnología devora nuestro pasado de papel. En la urgencia por nutrir a los algoritmos, corporaciones como Anthropic han comenzado a desmembrar la biblioteca del mundo. En enero de 2026, los periodistas Will Oremus, Aaron Schaffer y Nitasha Tiku revelaron en The Washington Post la anatomía de este expolio: a principios de 2024, Anthropic emprendió el Project Panama y adquirió millones de libros a gigantes del mercado de segunda mano con el único fin de escanearlos destructivamente. En julio de 2026, el periodista Emanuel Maiberg profundizó desde el portal 404 Media en el alcance de esta práctica, un método con la eficacia de un matadero. Los ejemplares pasan por guillotinas hidráulicas que cercenan sus lomos, esa modesta arquitectura que sostiene la memoria de las obras. Las páginas, convertidas en hojas huérfanas, atraviesan escáneres de alta velocidad antes de que el papel sea triturado. Este sacrificio responde a un frío cálculo jurídico. Tras el asedio de demandas por el uso de archivos piratas, en junio de 2025 el juez federal William Alsup, del Tribunal de Distrito del Norte de California, ofreció un salvoconducto perverso: la digitalización masiva se consideraría uso justo siempre que el ejemplar original fuese aniquilado. Para evadir la infracción de los derechos de autor, el sistema exige la desaparición del cuerpo. Así, en el silencio logístico, millones de libros físicos son sacrificados para alimentar a una máquina que anhela escribir como nosotros. Y no se trata de libros antiguos y raros, digamos, por ejemplo, la traducción inglesa que Chapman hizo de la Odisea, o primeras ediciones de la poesía de Garcilaso o sor Juana Inés de la Cruz. No, son libros que pueden ir desde manuales técnicos hasta guías de viaje, pero que fueron redactados por humanos, ya que eso marca la diferencia. Una IA alimentada por textos creados por IA se empobrece. Aquí es cuando el tema se pone interesante y podríamos derivarlo a una reflexión sobre cómo nuestros errores al escribir, o incluso nuestras distorsiones estilísticas en la literatura, son lo más nutritivo para enriquecer a la inteligencia artificial, no se diga ya lo que es obvio: esas escrituras han sido destinadas a enriquecer al ser humano, aunque muchos reaccionen sorprendidos ante el lenguaje de escritores arduos como Góngora, Virginia Woolf, Clarice Lispector, James Joyce, Carlo Emilio Gadda, José Lezama Lima o Miklós Szentkuthy. Esa reserva verbal, donde el lenguaje alcanza cimas de riqueza, está depositada en los libros de papel. Y en esto quiero detenerme.